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CARTA DE NUESTRO OBISPO 2017

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Cuaresma para llegar a la Pascua.

Carta a los cofrades y a todos los diocesanos.

Queridos cofrades y diocesanos todos:

Comenzamos la Cuaresma y comienza la carrera de las hermandades y cofradías hacia la meta anhelada de la Semana Santa. Han encendido motores y todo está en marcha: la ayuda de la subvención necesaria, los donativos de cofrades y fieles, el repaso de los enseres, las túnicas bien guardadas durante el año, y las mejoras deseadas y programadas de los tronos; todo cuanto se requiere para lograr el deseado esplendor de las imágenes titulares. Con este movimiento, ultimando los programas de novenas y quinarios, triduos y pregones al uso, a veces queda poco espacio para la experiencia de gracia y salvación que la liturgia de la Iglesia encauza y hace posible gracias al encuentro con Cristo nuestro salvador que los sacramentos ofrecen a la congregación de los fieles que celebran los misterios; es decir, los acontecimientos de nuestra salvación que se hacen presentes con su eficacia redentora y de santificación en la celebración de los sacramentos.
Conviene, por esto mismo, queridos cofrades y diocesanos todos, que nos paremos a pensar en cuál es la disposición con la que nos aproximamos a la celebración del Triduo pascual, corazón de la Semana Santa. Para que las celebraciones centrales del año litúrgico tengan una preparación fructuosa, la Iglesia quiere que vivamos la Cuaresma con aquella disposición de ánimo sin la cual la Semana Santa pasaría dejándonos donde estábamos, es decir, sin conversión de la mente y del corazón a Dios, sin recepción eficaz de la gracia redentora y santificadora de la penitencia sacramental y la celebración eucarística que la Iglesia quiere que vivamos estos días con especial hondura y no sin consecuencias para nuestra vida cristiana.
El Santo Padre viene previniéndonos a todos de lo pernicioso que es el chismorreo continuado al que tantos parece que se han entregado con fruición. ¿Cómo van a convertirse? ¿No podríamos aprovechar la Cuaresma para examinar nuestro proceder y, si nuestra religiosidad es sincera y no sólo exterior, poner de nuestra parte cuanto requiere una conversión a Dios y a Cristo que transforme nuestra vida? Comencemos bien la Cuaresma, que nos llevará a la Semana Santa. ¿Hemos tomado la ceniza? Pensemos en lo que significa este rito de larga y honda tradición cristiana. Cuando el sacerdote impone la ceniza exhorta al penitente que se acerca a recibirla con estas dos invitaciones: «Conviértete y cree en el Evangelio», o bien «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás».
Tal vez el espíritu pagano del carnaval, en el que algunos piensan que todo está permitido y se puede calificar de mera broma lo que es en realidad descalificación, falta de respeto a las más arraigadas convicciones religiosas de millones de ciudadanos y, sobre todo, frivolidad a veces rayana en la necedad, exponente de cuánto abunda la ignorancia religiosa, la mala educación y el mal gusto.
La Cuaresma es un tiempo de los llamados “fuertes”, porque dispone, mediante la penitencia, la oración y la limosna, al ejercicio de purificación y transformación de vida para celebrar la Pascua del Señor, vivir el Triduo pascual con intensa piedad y sincera voluntad de cambio y regeneración. Bien sabéis que este tiempo santo toma su configuración simbólica de los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto para ser tentado, puesto a prueba por el demonio para salir victorioso de la tentación, con su victoria alentarnos a nosotros en el combate cristiano, para superar las muchas tentaciones que nos salen al encuentro en la vida, con el riesgo de que sucumbamos a ellas y nos alejemos de Dios.
A su vez, la cuarentena de Jesús tiene su precedente bíblico en los «cuarenta días con sus cuarenta noches» que, en razón de la alianza que Dios quiso establecer con su pueblo, permaneció Moisés en la nube del monte Horeb, a donde había sido llamado por Dios para entregarle las tablas de la ley (Ex 24,18; Dt 9,9). También el profeta Elías empleó cuarenta días con sus noches camino del mismo monte de Dios, el Horeb (1 Re 19,8). Abarcando estas experiencias de los elegidos de Dios, los israelitas permanecieron cuarenta años en el desierto, donde el pueblo elegido fue tentado y muchos sucumbieron sin entrar en la tierra prometida, meta de la peregrinación.
La cuarentena es así un tiempo de preparación para la experiencia liberadora de Dios y la entrada en la tierra prometida. Así, pues, en el caso de la Cuaresma cristiana, hemos comenzado a recorrer un tiempo de preparación para la celebración de la Pascua, entrada de Cristo en el descanso de su gloria, hacia el cual también nosotros mismos caminamos, la nueva tierra prometida que es la salvación y el reino de Dios consumado, como nos instruye el autor de la carta a los Hebreos, recordándonos la advertencia del salmista: «Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Hb 4,7; Sal 95,7s).
Si queremos celebrar bien la Semana Santa, hemos de pararnos a examinar la propia vida, y preguntarnos si es grata a los ojos de Dios, porque cumplimos los mandamientos, o si tal vez estamos alejados de Dios, porque nuestras obras no son las obras de la fe. Hemos de someter nuestra vida a un sincero contraste con la Palabra de Dios, para ver si, a pesar de nuestros muchos actos religiosos, vivimos sin ser movidos por el amor de Dios y nuestra esperanza está puesta en cosas de este mundo y el gusto propio, incluso religioso, y el interés propio es lo que de verdad nos importa.
La Cuaresma es un tiempo ascético, exigente con nosotros mismos, y por esto mismo es un tiempo penitencial que nos ayuda al arrepentimiento sincero de nuestros pecados; y a poner por obra el propósito del cambio que Dios nos pide. Es un tiempo sacramental, en el cual los catecúmenos adultos se preparan para recibir los tres sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y Eucaristía en la vigilia pascual del Sábado Santo y en las primeras semanas pascuales. Con razón durante los domingos de Pascua los niños y adolescentes se disponen a alcanzar la meta deseada de los años de catequesis y, ayudados por sus padres y padrinos, recibirán la primera Comunión y la Confirmación, y por medio de estos sacramentos les llegará la gracia que los hace partícipes de la vida de Dios, en la íntima comunión con Jesús; y el Espíritu Santo los marca y sella para que lleguen a ser testigos de la fe en la Iglesia y en el mundo.
Si tal es la meta de la Cuaresma, tenemos razón de más para que los bautizados de infantes nos dispongamos a retomar los propósitos bautismales y enderezar la vida cumpliendo los mandamientos. Recorramos este camino hacia la vida que es el camino cuaresmal y llegaremos a la Pascua con el gozo de habernos purificado.

Con mi afecto y bendición.

Almería, 2 de marzo de 2017
Miércoles de Ceniza
​​​​X Adolfo González Montes
​​​​Obispo de Almería

18/03/2017 09:43 Paso Celeste ;?>

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